A veces quisiera saber si volverás, a veces quisiera hablar con alguien que venga del futuro para saber si nuevamente te encontraré. Que me diga si lo que debo hacer es irme lo más lejos de ti para que puedas olvidar y que seguramente así, existiría una enorme posibilidad de vernos a la distancia y redescubrirnos con ojos de amor.

No creas que sigo enamorada, porque no es así, te amo aún, aún quiero llamarte amor, aunque me encanta tu nombre; pero ya no estoy enamorada. Ya no irrumpes en mi tranquilidad y la dejas alterada sin saber que hacer, ya no chocas con desenfreno en mi corazón, porque te pertenece, nos pertenece y nadie puede chocar contra lo que es suyo.

A veces quisiera verte llegar a la puerta de mi habitación, que te detuvieras por un minuto y me miraras de lejos, que no pronunciaras palabra y te lanzaras a mis brazos como quien extraña lo que más ama en la vida. Que no existiera el reloj en ese momento y detuviéramos el tiempo en un abrazo que nos borre el dolor de la ausencia, que recordáramos el olor que teníamos cuando nuestros cuerpos se estrechaban y nos hacíamos una en la soledad, que te quedaras observando mis pupilas dilatadas y te reconocieras en ellas, y te dieras cuenta que nunca te fuiste, que siempre las habitaste.

En esas noches de amarte y odiarte siempre llego a la misma conclusión, que a veces quisiera girar mi cabeza y verte viéndome, sonriendo y que se te achinen los ojos de felicidad, que te acercaras y revivir el olor del aliento tibio que exhalas con cada “te quiero”, que tu mano recorriera mi rostro perplejo al reconocerte tan tranquila, que te pegaras a mí sin reparos y entrelazáramos las dudas para derrotarlas en un beso.

A veces quisiera tomar clases de cocina, de repostería más que todo, aprender rápido y sorprenderte con postres que seguramente me quedarán horribles iniciando, pero dame tiempo, sabes que las mejores cosas de la vida toman tiempo. Otras veces quisiera ir con un bartender y descifrar sus mejores secretos o sobornarlo diciéndole que si no me enseña sus trucos, tú te irás de mi vida y él será el culpable de mi mayor desilusión; porque sé que te gustan los licores y sus derivados y eso siempre me ha encantado.

A veces quisiera sentarme y sonreír porque nuestra separación fue un chiste de muy mal gusto, porque lo que nos dejó en el sitio en el que estamos, nunca pasó, sonreír porque sólo fue una prueba del destino y queríamos saber qué tan fuertes podíamos ser lejos de nosotras, porque todo el drama que nos rompió por fin se desvaneció y ahora seremos invencibles. Y verte llegar a ese lugar del que nunca debimos irnos, o tal vez sí, pero ya no importaría porque estarías allí, conmigo, riéndonos del destino y que no nos pudo vencer.

Y entonces volver a caminar por la vía del tren saltando los maderos torcidos por la vibración, y volver a juntar las piezas del rompecabezas que seguramente empezamos a perder en ese bus donde se quedó tu agenda, volver a escuchar el sonido de la batería arrítmica en la que nos sumergíamos por hora y media dos veces a la semana.

Volver a lo cotidiano siendo diferentes, porque no es mentira que nos dejamos y cuando eso pasa siempre algo cambia, justamente porque cambiamos, decidimos separarnos.

Volver, porque ya no somos las de siempre, porque descubrimos que siendo lo que queremos ser, aún queremos compartirlo con lo que sabemos que podemos ser juntas.

Volver, no por tener una deuda pendiente o un viaje pospuesto, volver porque en medio de las caminatas solitarias, reconocemos que sólo hay una persona que quisiéramos estuviese agarrada de nuestra mano, porque reconocemos que hace falta alguien en el reflejo del espejo cuando nos cepillamos los dientes, porque sabemos que hay una sola persona a la que puedes decirle: “hazlo, tu me conoces más que yo”.

A veces quisiera dejar de extrañarte tanto y evitar escribirte en cada historia fantasiosa, quisiera extrañar momentos, sonrisas, charlas, en lugar de extrañar lo que eres, lo que pude conocer de ti, lo que te hace ser esa mujer determinada y segura, aunque a veces no. No quisiera extrañar esa esencia que te hace ser tan tú, esa capacidad de mover el mundo a tu acomodo y cuando te cansas lo mandas al carajo. Quisiera no extrañar tus manías, tus locuras, tu sensatez, tu inteligencia; y sí, perdí toda voluntad en el momento que me enamoré de tu mente y de tu ser creativo que intentas domar y evadir.

Quisiera extrañar lo que extraña todo el mundo, tus abrazos, tus besos, tus rabietas, tu cabello mojado, tus labios resecos por el frío, tus manos pequeñas, tus piernas… las peleas por cualquier cosa. Pero en cambio extraño la emoción de tu voz cuando hablabas de algo que te hacía feliz, extraño el sonido de tu respiración mientras dormías en mi pecho, el correr de tu sangre mientras te besaba el cuello, extraño que tus ojos te delataran cuando querías ocultarme algo, que te enojaras porque te halaba el cabello cuando te abrazaba en la cama. Quisiera extrañar banalidades, sentir que los días se las llevan y poder seguir sin remordimientos. No estoy odiando extrañarte, me gusta saber que has sido tan importante en mi vida y que tengo grabado hasta el mínimo detalle de nuestra corta historia.

A veces quisiera que vinieras y te sentaras a escuchar lo que escribo mientras escuchamos a Leonel García en dúo con Natalia Lafourcade, que no dijeras nada, que tus ojos lo digan todo y si después de ello decides marcharte, ten por seguro que jamás volverías a saber de mí y de este amor que se escribe con los anhelos a flor de piel.

La música en general siempre ha jugado un papel importante en la historia de la humanidad, en la historia de mi humanidad. He tenido una relación, a veces hasta invasiva, con ella que me ha permitido aprender y entenderla de manera empírica, todo lo que encierra una melodía puede llegar a salvar una vida o condenarla para siempre.

Hay canciones que me transportan a momentos que no he vivido, esas canciones que me hacen visualizar una escena perfecta, una en la que estamos tu y yo, sin más.

Hay canciones que te convierten en literatura y otras que me llevan al llanto, poemas escritos y nunca entregados, canciones descubiertas y jamás enviadas.

Tú y yo conocemos canciones que nos unen a pesar de la distancia, que nos remueven los recuerdos y nos delatan los sentimientos, canciones que a veces no podemos escuchar y creemos ilusoriamente que avanzar en la playlist nos hará sentir menos, o mejor, no sentir.

Hay canciones que dan ganas de reproducirlas en loop con una botella de tequila, como en taberna mexicana, con tu recuerdo en la mano y la libreta en la mesa, y embriagarme de emociones de las cuales tú serás culpable, y dejarlo todo en el papel, que bien sabes, serás la musa. No diré nunca y tampoco siempre, pero sé que pasará mucho tiempo hasta dejar de recordarte con las mejores canciones y hasta dejar de verte en la protagonista de cada película que veo.

Llevo una tarde entera intentando darle sentido a cada palabra de cada canción que escucho. No sé, el tiempo está estancado y yo con él en medio de un silencio demasiado incómodo. Estoy inmóvil, sentada, sólo respiro y canto mentalmente, la voz no me sale, la cara larga no se me quita; siento un dolor soportable que me recuerda que sigo viva, que sigo esperando.
¿Esperando qué? Si ya no hay por qué esperar, si ya no hay nada que ganar o que perder, sentimentalmente hablando.

El mundo sigue girando y entonces me doy cuenta que las horas se siguen consumiendo y ya no está detenido el reloj, pero mi cuerpo sigue en la misma posición sintiendo el viento en mi cabello. Soy un vómito verbal de ridiculeces sin sentido, que no tienen un propósito especifico más que liberar el nudo en mi garganta.

Tal vez eso fue lo que nos mató, siempre hice lo mismo, siempre te quise igual, me refiero a que siempre tuve una manera de querer, pero no tuve un límite y se me desbordó, y me di cuenta que eso no es suficiente.

Siempre te quise con todo lo que soy y todo lo que tengo en mi (corazón) o en mi miocardio o lo que sea que me haga amarte de esta manera tan fuera de onda. No voy a decir que eras mi faro de Alejandría, ni mi talón de Aquiles, ni mi guía, ni mi bendición, ni mi mundo, ni mi vida, ni nada. Y sí, alguna vez nos dijimos “eres todo para mí”, “eres mi vida”, “eres lo más lindo”, y seguramente en ese momento la dopamina estaba en su punto máximo y sentimos
felicidad, confianza, fortaleza, seguridad y amor.

Pero ahora, en este momento, estoy racionalizando cada uno de los sentimientos que te guardo en lo más profundo de mi ser; y tal vez invente algunos términos científicos para no
llamar amor al amor, para no llamar deseo al deseo, para no sentir una chispa de calma cada vez que recuerdo tus carcajadas deliberadas por cualquier estupidez que se me ocurría.
Y así avanza el día que me da por recordar hasta el mínimo detalle de todo, de lo bueno y de lo malo, del inicio y del fin de esto, esto que nos llevo a lo más alto y nos dejó caer, esperando
seguramente, que abriéramos el paracaídas y no nos permitiéramos morir.

No supe si te pedí que te quedaras, no supe si lo hice bien o lo hice mal, o no lo hice, y finalmente no estás acá; y no me preocupa haberlo hecho bien o mal, tampoco me preocupa
que no quieras quedarte, que prefieras huir y empezar una nueva historia. Lo único que quiero es apagar mis recuerdos unos días, apagar mis palabras, apagar mis intentos de buscarte, de llamarte y escuchar tu voz y decirte todo lo que siento.

Dicen que las personas dolidas sufrimos más por lo que nos imaginamos que por lo que verdaderamente sucede, pero cómo sabremos lo que pasa en realidad si nos han quitado el
beneficio de la sinceridad, esa que nos lleva a tocar fondo y a rompernos definitivamente, y aún nadie entiende que necesitamos la verdad de todo, para saber si dejamos perdida nuestra esperanza o la atesoramos.

No sé por qué este vacío en el pecho sigue consumiéndome,
no sé por qué si ya entiendo que decidiste caminar otro camino,
sigo sintiendo que habitas el mío y reconozco el sonido de
tus pasos en mitad de la noche.

Extracto de mi libro “Todo lo que fue”

Cata Chauta

Siempre que me siento a pensar sobre los sentimientos que me genera haber amado, empiezo por nombrar “dolor”, ¿por qué no empiezo hablando de felicidad? Porque, aunque inexplicable, es más fácil escribir de lo que nos duele. Cuando nos quedamos mirando el horizonte en medio de nuestra soledad, recordamos los momentos que nos colmaron de felicidad, y viajamos a esas noches de locura y deseo, de sexo y sensualidad; a esas tardes de complicidad y promesas, volvemos al momento en que la química nos invadía cada célula del cuerpo y nos dejaba en éxtasis, nos sentimos en esas mañanas de desayunos a base de proyecciones, esperanzas, miradas y sonrisas.

Cuando hablamos de amor, hablamos de expectativas creadas porque sí, porque somos humanos y siempre vamos a querer más de nosotros y de los demás; hablamos también de ausencias y despedidas, de finales no pedidos que nos han dejado sentados de frente al frío sin compasión alguna y en medio de la incertidumbre, nos encontramos en el espejo con los ojos llenos de llanto, con el corazón en la mano creyendo que mientras más dolor sintamos, más rápido se irá el sentimiento.

Pero antes de seguir hablando de lo que nos duele, debiéramos empezar por hablar acerca de la magnitud del “amor”.

Hablemos del riesgo que representa dejar entrar a alguien a tu vida, darle plena confianza y enseñarle hasta el mínimo detalle de ti; a pesar de ser conscientes que le damos poder a un perfecto desconocido de destruirnos desde dentro, esto no nos detiene, esto nos da un tanto de adrenalina un poco adictiva y empezamos el camino de conocer y conocernos, de llenarnos de paciencia y estar dispuestos al cambio que puede generar esa persona en nosotros.

Cuando hablamos de amor, hablamos de sentir en un abrazo toda la tranquilidad del mundo, hablamos de detener el tiempo en un beso y empezar a recorrer un camino que sin saber a donde nos lleva, esperamos que sea el destino.

Flaca, vos.

Ya te lo he dicho muchas veces, mereces lo mejor que el mundo pueda darte. Encontrar la felicidad en las pequeñas cosas y hacerlas tan grandes que no puedas mantenerlas en ti.

No hay espacio para lamentaciones y aunque quisiera volverte a ver, también quisiera verte volver…

Así que sólo puedo desearte bienestar, que puedas abrazar la vida que quieres, que cumplas tus proyectos, que la vida te sorprenda y valores cada día de sonrisas y besos, de abrazos y anécdotas que seguro tendrás mil.

Cuídate mucho y nos veremos en el camino.

Te quiero.

Cartas de despedida.