Balas Perdidas – Morat.

Diré que hubo alguien que se cruzó en mi camino y me enseñó en doscientos treinta días lo que debí aprender, quizás, en años. Que alguien dejó tal marca en mi alma que no he logrado borrarla del todo y aunque el tiempo ha hecho algún cambio en mis sentimientos, no ha podido llegar al epicentro del nacimiento y entonces esa habitante de mi ser sigue acomodándose aquí.

Cuando pregunten por ti, les hablaré del sutil arte de crear una playlist y la necesidad de enseñarnos melodías que sólo son sensibles a nuestro tacto; les contaré de lo inefables que fuimos cuando estuvimos en la cúspide de la felicidad, les diré que conocí tal manera de amar, que acepté hacerme a un lado y darte la oportunidad de ser feliz en otro sitio que no era el mío.

Y seguramente no pronunciarán tu nombre, ni tampoco habrá necesidad de hacerlo. Cuando me pregunten si alguna vez he amado, tu mirada llegará a mi mente tal cual llegas cuando escucho: 11 besos de Morat. Y me dirán que tu no eras para mí y que yo no era para ti, que nuestros caminos debían cruzarse en el justo momento que lo hicieron, pero que no debían seguir entrelazados.

Cuando pregunten por ti, mis ojos tal vez se llenen de lágrimas y el nudo en la garganta quiera deshacerse gritando que te quiero aún, que te quiero, no como tu quisieras, sino como me dicta el corazón y aunque pretenda ocultarlo, seguirás habitando en mí.

La música en general siempre ha jugado un papel importante en la historia de la humanidad, en la historia de mi humanidad. He tenido una relación, a veces hasta invasiva, con ella que me ha permitido aprender y entenderla de manera empírica, todo lo que encierra una melodía puede llegar a salvar una vida o condenarla para siempre.

Hay canciones que me transportan a momentos que no he vivido, esas canciones que me hacen visualizar una escena perfecta, una en la que estamos tu y yo, sin más.

Hay canciones que te convierten en literatura y otras que me llevan al llanto, poemas escritos y nunca entregados, canciones descubiertas y jamás enviadas.

Tú y yo conocemos canciones que nos unen a pesar de la distancia, que nos remueven los recuerdos y nos delatan los sentimientos, canciones que a veces no podemos escuchar y creemos ilusoriamente que avanzar en la playlist nos hará sentir menos, o mejor, no sentir.

Hay canciones que dan ganas de reproducirlas en loop con una botella de tequila, como en taberna mexicana, con tu recuerdo en la mano y la libreta en la mesa, y embriagarme de emociones de las cuales tú serás culpable, y dejarlo todo en el papel, que bien sabes, serás la musa. No diré nunca y tampoco siempre, pero sé que pasará mucho tiempo hasta dejar de recordarte con las mejores canciones y hasta dejar de verte en la protagonista de cada película que veo.

Llevo una tarde entera intentando darle sentido a cada palabra de cada canción que escucho. No sé, el tiempo está estancado y yo con él en medio de un silencio demasiado incómodo. Estoy inmóvil, sentada, sólo respiro y canto mentalmente, la voz no me sale, la cara larga no se me quita; siento un dolor soportable que me recuerda que sigo viva, que sigo esperando.
¿Esperando qué? Si ya no hay por qué esperar, si ya no hay nada que ganar o que perder, sentimentalmente hablando.

El mundo sigue girando y entonces me doy cuenta que las horas se siguen consumiendo y ya no está detenido el reloj, pero mi cuerpo sigue en la misma posición sintiendo el viento en mi cabello. Soy un vómito verbal de ridiculeces sin sentido, que no tienen un propósito especifico más que liberar el nudo en mi garganta.

Tal vez eso fue lo que nos mató, siempre hice lo mismo, siempre te quise igual, me refiero a que siempre tuve una manera de querer, pero no tuve un límite y se me desbordó, y me di cuenta que eso no es suficiente.

Siempre te quise con todo lo que soy y todo lo que tengo en mi (corazón) o en mi miocardio o lo que sea que me haga amarte de esta manera tan fuera de onda. No voy a decir que eras mi faro de Alejandría, ni mi talón de Aquiles, ni mi guía, ni mi bendición, ni mi mundo, ni mi vida, ni nada. Y sí, alguna vez nos dijimos “eres todo para mí”, “eres mi vida”, “eres lo más lindo”, y seguramente en ese momento la dopamina estaba en su punto máximo y sentimos
felicidad, confianza, fortaleza, seguridad y amor.

Pero ahora, en este momento, estoy racionalizando cada uno de los sentimientos que te guardo en lo más profundo de mi ser; y tal vez invente algunos términos científicos para no
llamar amor al amor, para no llamar deseo al deseo, para no sentir una chispa de calma cada vez que recuerdo tus carcajadas deliberadas por cualquier estupidez que se me ocurría.
Y así avanza el día que me da por recordar hasta el mínimo detalle de todo, de lo bueno y de lo malo, del inicio y del fin de esto, esto que nos llevo a lo más alto y nos dejó caer, esperando
seguramente, que abriéramos el paracaídas y no nos permitiéramos morir.

No supe si te pedí que te quedaras, no supe si lo hice bien o lo hice mal, o no lo hice, y finalmente no estás acá; y no me preocupa haberlo hecho bien o mal, tampoco me preocupa
que no quieras quedarte, que prefieras huir y empezar una nueva historia. Lo único que quiero es apagar mis recuerdos unos días, apagar mis palabras, apagar mis intentos de buscarte, de llamarte y escuchar tu voz y decirte todo lo que siento.

Dicen que las personas dolidas sufrimos más por lo que nos imaginamos que por lo que verdaderamente sucede, pero cómo sabremos lo que pasa en realidad si nos han quitado el
beneficio de la sinceridad, esa que nos lleva a tocar fondo y a rompernos definitivamente, y aún nadie entiende que necesitamos la verdad de todo, para saber si dejamos perdida nuestra esperanza o la atesoramos.

No sé por qué este vacío en el pecho sigue consumiéndome,
no sé por qué si ya entiendo que decidiste caminar otro camino,
sigo sintiendo que habitas el mío y reconozco el sonido de
tus pasos en mitad de la noche.

Extracto de mi libro “Todo lo que fue”

Cata Chauta